El mayor desastre lo provoca la ignorancia - Prensa Libre

De pactos y estatuas – Prensa Libre

Es peligroso caer en la radicalización política y la fútil guerra contra la historia, como en los recientes ataques a Cristóbal Colón.

La verdad histórica importa. Conviene investigar y señalar la complejidad de los seres humanos imperfectos que han poblado el pasado. Así, un historiador serio reconoce los aciertos y fracasos de Cristóbal Colón, como lo hicieron las autoridades en 1499, a partir de un documento del comendador enviado por los reyes católicos, Francisco de Bobadilla. De hecho, el descubridor de América cometió crímenes contra españoles e indios y violó las instrucciones de la reina Isabela en su trato a los nativos americanos.

Pero la verdad histórica no le importa a Black Lives Matter (BLM), Antifa y otras organizaciones militantes que enfurecen contra Colón, a quien culpan por el siglo XXI. Pretenden demoler todas las estatuas de Cristóbal Colón en el mundo y abolir los días festivos con motivo del descubrimiento de América. Declararon el 9 de octubre como el día para desfigurar a Colón y rebautizaron el 12 de octubre como el día de los pueblos indígenas. El sitio «Nunca lo quisimos aquí» aconseja a los grupos locales sobre cómo organizar protestas para «descolonizar» sus ciudades. Muchos latinoamericanos, quizás inesperadamente, han hecho del hashtag #Nada que celebrar, originario de México, una tendencia.

Para estos activistas, Colón es un símbolo del hombre blanco, cisgénero, heterosexual y opresivo, quien, envalentonado por un sentido de supremacía racial, y a través de instituciones sociales como la religión y la familia tradicional, victimizó a todas las personas que no pertenecían a su grupo de identidad. Además, cimentan la confrontación racial en un análisis de la lucha de clases marxista. Según ellos, Colón era un capitalista codicioso. En 1847, Friedrich Engels escribió que Colón transportó la lucha entre terratenientes y desposeídos a América y promovió la globalización (gran comercio mundial). Los neomarxistas acusan a Colón de traer al nuevo continente un complejo sistema tecnológico, cultural y comercial que oprime a las masas.

¿La gente realmente encaja en grupos antagónicos? ¿Aceptamos estas falsas dicotomías, como pro-Colón y anti-Colón, opresores y oprimidos, capitalistas y proletarios, corruptos e incorruptos? El discurso del «racismo sistémico» atrapa a cualquiera que sea considerado «blanco» en la inevitable categoría de opresor. Por mucho que un hombre blanco diga que se identifica con la causa afroamericana, también se le puede acusar de «ignorar su privilegio». Los vándalos pueden destruir su negocio y tomar su propiedad, ya que él es responsable de los supuestos abusos cometidos por el colectivo blanco a lo largo de la historia. Asimismo, siempre se puede acusar a un empresario de ser un “explotador”. Jueces autoproclamados que califican a otros como privilegiados, genocidas, capitalistas o más, ¿no están ejerciendo un privilegio extremo? ¿Quién decide quién pertenece a la bolsa del “pacto corrupto” y quién puede ser elevado a la categoría de incorrupto?
¿Qué recurso tenemos para defendernos de estas etiquetas acusatorias y deshacernos de tales asociaciones?

La mentalidad dicotómica es reduccionista. Explota el odio y el resentimiento; invita a la violencia. No debemos permitirnos ser envenenados por estas categorías a menudo artificiales y difamatorias. Tampoco debemos tolerar los ataques a la civilización occidental, no solo porque es absurdo negar nuestras raíces, sino porque los valores que merecen ser preservados, en particular los conceptos de persona, razón, fe, libertad y responsabilidad, son eminentemente Occidental.


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